Antes que ir al tacho, la basura que tiramos a diario puede tener un nuevo destino. Con el reciclaje, todas las alternativas son válidas y hasta los objetos más diminutos pueden redoblar su valor.
Así lo demuestran las maquetas de Nicolás Viñarta. El mosaiquista es capaz de crear escenarios urbanos hiperrealistas que caben en la palma de nuestra mano. “Todo lo que hago es con materiales reciclados porque creo que el arte debe ir acompañado de estas acciones. No hay nada más lindo que darle una nueva vida a las cosas viejas y los desechos”, explica.
Nicolás nunca estudió una carrera artística (su escuela es YouTube y la modalidad autodidacta), pero desde chico supo fabricar sus propios juguetes y darle una segunda chance a la chatarra. “Cuando tenía cuatro años mi abuelo me contó que llevé a casa ruedas, cajas de gaseosas y maderas para armar un auto. No le faltó nada, hasta el caño de escape le sumé”, recuerda. Con el tiempo, esto lo llevó a desarrollar un ojo de águila para detectar cajones de frutas, electrodomésticos o artículos abandonados en las calles.
Igual que con los shows de ilusionismo, en sus obras “nada es lo que parece”. Al mirar la seguidilla de trabajos hay un cuadro 3D que nos transporta a las viejas despensas barriales.
Su persiana baja (tras una orden de clausura) está hecha con cartón corrugado y la luz fluorescente que supo iluminar la cartelería con un tubito de chupetín. Los pormenores también aparecen en forma de un candado oxidado, restos de puchos, varias revistas desarmadas y telarañas (reales) que cuelgan en la entrada.
Los paisajes de Nicolás son en extremo detallistas, pero incapaces de aparecer en propagandas de desinfectantes. “La vida no es perfecta y los ambientes que ocupamos o habitamos tampoco deberían serlo”, justifica.
Otro ejemplo de este pensamiento es el diorama de un baño baqueteado. A la pileta (con grifería de hisopos y chupetines) le falta una de las canillas y sobra los rastros de moho. “El aplique de la luz es un cable de auricular y el jabón que se asoma en la ducha es una pelotita de telgopor”, acota el usuario de “Mosaiquean Tucumán”.
Entre sus obras también aparece la figura de un bombero capaz de articular brazos y dedos. El casco fue confeccionado con la tapa de un huevo Kinder y el uniforme es un lambo viejo intervenido con costuras y stickers.
A Nicolás le resta una materia de recibirse de Técnico Dental, pero la pandemia dejó trunco el objetivo. “Ahora me dedico a la venta de espejos, portasahumerios y fanales con mosaicos, y en menor medida elaboro estas piezas. El tema es que cuesta venderlas porque son objetos decorativos antes que funcionales”, comenta.
La última muestra es un consultorio odontológico. Los accesorios lo son todo: la silla se reclina, en el cesto hay un bollito de barbijos usados y un leve chorro de agua brota hacia un vaso de plástico para hacer buches. Con un zoom profundo llegamos a ver los secretos de las herramientas dentales. “Las jeringas tienen restos de un encendedor, ganchos para la ropa y la punta de una aguja para controlar el azúcar en sangre”, detalla.
RetroBot
Gracias a la inventiva de Carlos Ledesma, los autómatas veíamos en la tele durante los 80 vuelven a la vida con una reinversión de engranajes eco. Fanático del anime “Mazinger Z”, él es el creador de RetroBot: emprendimiento que arma figuras robóticas con recursos reciclados.
En las vitrinas de su hogar hay modelos de las series animadas “Robotech”, “Voltron” y “Transformers”. Sumado a naves de invasión extraterrestre que fusionan armas con tapitas de pegamento y transportes acorazados de Star Wars. “El proceso para armar las figuras es totalmente artesanal. Para arrancar busco imágenes de los robots en diferentes posiciones y hago los planos a medida para luego ensamblar las partes y decorarlas”, explica.
Debajo del trabajo de chapa y pintura, los robots están moldeados con cartón, plásticos de antiguos embalajes de juguetes y -a veces- porcelana fría. Otros mueven sus articulaciones con ayuda de palitos de brochet o alambres y sus ojos prenden luces (foquitos LED que son el resultado de no desperdiciar el cotillón de fiestas viejas).
“Los compradores suelen ser personas mayores de 30 que sienten nostalgia por los dibujos de aquella época o gente que disfruta del coleccionismo, en Tucumán este universo tiene muchos seguidores. Es increíble ver las reacciones de los visitantes en los eventos. Hay quienes esperan en la puerta media hora antes para ser los primeros”, comenta Carlos, quien participó en varias ferias.
Desde que arrancó su hobby, el inventor de autómatas lleva vendidos más de 200 muñecos. Uno de los motivos de su éxito en la robótica con conciencia ambiental es que estas figuras representan una alternativa económica para saldar cuentas pendientes de la infancia.
“Hace unos cinco años, una figura usada de -por ejemplo- 'Mazinger Z' salía alrededor de $1800, pero actualmente rondan los $28.000. Sin tener en cuenta las versiones nuevas que están entre $50.000 y $60.000. En cambio, con los materiales reciclados los costos permiten que venda las copias a $500”, aclara el profesor de Matemáticas.
En contacto permanente con los chicos, su habilidad con las manualidades hizo que este pasatiempo se convierta en una forma lúdica de enseñarles la materia a sus alumnos de primer y segundo año del secundario.
“En la escuela tenemos un proyecto de reciclaje. Los alumnos aprenden sobre ángulos, fórmulas y cálculos mientras hacen los robots y de paso el mensaje por detrás los lleva a que tomen conciencia sobre la reutilización de la basura y opciones para mermar la contaminación. Con esta idea, ellos aprenden que el arte se crea de la anda y puede valerse del reciclaje”, afirma.